4.

Cindy

Me calzo las deportivas bajo la atenta mirada de Lucy. Lleva como cinco minutos esperándome, ya con su chandal verde militar perfectamente complementado.

–¿Estás segura de que quieres venir?–dudo incorporándome.

–Si, necesito ponerme en forma.

–Esta bien.–abro mi armario para tenderle un casco. Ella lo coge mientras traga saliva, está claro que tiene miedo, aunque no tiene porque.

–¿No podemos ir en bus?–susurra sonriendo torpemente.

–Soy buena conductora, solo me he caído unas...–me quedo pensativa y veo como me echa una mirada aterrada.–Bueno, da igual, si te ves muy asustada pararé.

–¿Seguro?–duda y asiento cogiendo el mío también. Salimos de la habitación una vez he revisado que lo llevo todo y caminamos hacia el pequeño y deshabitado parking. Me pongo el casco en un segundo y se lo abrocho a Lucy, ya que es algo difícil para ella. Me subo a la moto sin más, y al ver algo pérdida a mi nueva amiga, me levanto la visera del casco para mirarla bien.

–Venga, sube, no se va a caer.–le animo sin ni siquiera encender el motor. Me hace caso y cuando esta perfectamente colocada, se agarra a mí con toda sus fuerzas, por lo que no puedo evitar reírme.–Esto...irás más cómoda si te coges detrás, y es más seguro.

Tarda unos segundos en hacerme caso y confiarse, y cuando enchufo el motor parece sentirse algo más segura. Jamás he conocido a alguien que tenga miedo a las motos. Vale que no sea el vehículo más seguro, pero es cómodo y rápido.
Justo lo que una chica ocupada necesita.

Antes de que se lo espere, apago el motor y cuando la veo bajar, le ayudo a deshacerse del casco. Se queda completamente asombrada al ver la gran entrada del gimnasio El diablo, fundado por mi padre hace cinco años.

¿Es así de grande por dentro?–duda abriendo las grandes puertas.

Si, tiene diferentes secciones.–le explico.–Puedes quedarte en las máquinas, yo tengo que ir al ring.

Vale, perfecto.–dice caminando detrás de mí.–Pues nos vemos luego.

*******

Jesús

Cojo aire al ver el letrero tan grande que tiene el gimnasio. Sin duda alguna, me va a costar un pastón, aunque de eso se encargan mis padres.
Miro a Dani tragando saliva, por alguna extraña razón, el está completamente tranquilo. A veces me fascina la calma que tiene para todo.

Una vez hemos entrado y hablado con el recepcionista, guía a Dani hacia la parte de las máquinas y a mí me acompaña al ring. No sé cómo va a reaccionar Cindy cuando me vea, de echo, no sé si quiera si hoy entrena, pero en cuanto veo una melena morena moviéndose de un lado para otro, me quedo sin respiración. Es algo a lo que voy a tener que acostumbrarme, a verla y a no poder apartar la mirada de ella. Es preciosa, y sin duda es el mayor obstáculo que me han puesto en la vida.

–Pero mira a quién tenemos aquí.–la oigo reír de repente, mientras se gira para mírame.–¿Tantas ganas tenías de verme que has tenido que asaltar mi gimnasio?

–Pues ya ves.–le sonrío pícaramente consiguiendo que se ponga sería de repente, se gire y vuelva a darle seguidos puñetazos al saco de boxeo.–Oye, nena.–me acerco coquetamente a ella.–Podrías...darme unas clases, ya sabes.

–Probablemente se me iría la mano y te borraría esa sonrisa de un puñetazo.–sonríe falsamente.–Yo no doy clases, Oviedo, de eso se encarga Jerry.

–Ponte esto.–dice una grave voz a mis espaldas consiguiendo sobresaltarme un poco. Me giro para coger los guantes que me tiende y en cuanto subo la vista, tragó saliva. Este hombre es tres veces yo, e intimida, mucho.–Y sígueme.

Por suerte para mí, me acompaña hacia uno de los sacos de boxeo más cercanos a los de Cindy y me dice que empiece a hacer unos movimientos básicos hasta que él vuelva.
Empiezo a darle al saco como me ha indicado el tal Jerry hasta que noto como alguien me observa. Y se de quién se trata antes de que se me de la vuelta.

–Se nota que es tu primer día.–se acerca a mi.–Tienes que darle al medio o acabarás haciéndote daño en las muñecas.

–Oh, ¿te preocupas por mí?–la miro bastante divertido.

–Me preocupo por el seguro de mi gimnasio.–me devuelve una mirada orgullosa mientras se quita los guantes.

–¿Ya te has cansado?–me burlo cruzándome de brazos.–Yo quería retarte a un combate.

–Hace falta mucho más que una tarde de gimnasio para que yo me canse.–dice y al notar el doble sentido suelta una carcajada. Sonrío embobado porque realmente es la chica más guapa que he visto en mi vida aunque jamas lo admita en alto y cuando nota que ambos nos estamos sonriendo de verdad, se pone sería y agarra los guantes para dejarlos en su sitio.–Tengo que perfeccionar algunos saltos de gimnasia, así que entrénate bien que cuando vuelva te voy a dar una paliza.

–¿Aún haces gimnasia?–frunzo el ceño y la veo sonreír de lado.

–No, pero no quiero perder facultades.

Sonrío como un tonto mientras la veo salir de esta sala para entrar a una que parece estar enfrente. Intento concéntrame de nuevo y darle bien al saco pero al final me rindo y me quito los guantes, necesito ver lo que se supone que hace en ese tipo de gimnasia. Necesito darme cuenta de que no es tan...impresionante como dicen.

Camino en completo silencio hacia la sala donde se encuentra y me asomo intentando que no me vea. Pero cuando la veo dar un salto mortal en una barra que no debe de medir más de treinta centímetros, ahogo un grito que, debido a su completa concentración, no escucha.

–La madre que me parió.–susurro tragando saliva, dándome la vuelta y saliendo de allí.

Vuelvo a la sala de boxeo rápidamente encontrándome a Jerry de frente, mirándome con una ceja alzada bastante serio.

–Estaba en el baño.–me intento explicar.

–El baño es por allá.–señala una puerta grande que lo indica perfectamente.

–Esto...

–Tranquilo.–da una carcajada al ver la cara que se me ha quedado.–Todos hacéis lo mismo, y no os culpo.–se da la vuelta para caminar hacia el saco de boxeo de antes.–Nunca se ven chicas así.

–¿Es tan difícil como dicen?–le pregunto dando un par de fuertes puñetazos.

–Lo es.–contesta.–Pero no debería ser un problema para el rey de la universidad, ¿o sí?

Me quedo callado durante varios minutos mientras concentro toda mi rabia en los puños. No debería ser un problema, pero lo es, y uno muy gordo. Y el echo de que sea tan increíble lo empeora aún más.

Varios minutos después oigo unos pasos detrás de mí y me giro para encontrarme con una de sus sonrisas más picaras. Y odio que el primer pensamiento que me recorra la mente sea el de besar esos carnosos labios.

–Bueno, ¿estás listo para que te den la paliza de tu vida o prefieres seguir entrenando?

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